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lunes, 30 de enero de 2023

Al final, asuntos de vida o muerte

Estimad@s amig@s

Sinopsis

Como neurocirujano jubilado, Henry Marsh creyó saber lo que era estar enfermo, pero no estaba preparado para recibir un diagnóstico de cáncer avanzado. Tras el impacto de la noticia, el autor indaga en lo que sucede cuando alguien que se ha pasado todo el tiempo luchando en primera línea ante la difusa frontera entre la vida y la muerte, se encuentra de frente con lo que podría ser su propia sentencia final.

Esta nueva entrega de las memorias de Henry Marsh, un neurocirujano humanista y solidario que sorprendió y conmovió a los lectores de todo el mundo con ante todo no hagas daño, no es tanto una meditación sobre la muerte sino más bien una celebración de la vida y de todo aquello que de verdad importa.

 

«Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a

 medida que pienso y profundizo en ellas:

 el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí»[i]

 

Henry Marsh es un neurocirujano y escritor, al final, asuntos de vida o muerte es el tercer libro de sus interesantes memorias. A lo largo de sus paginas a veces parece que estás conversando con él en su consulta, otras veces que estás escuchando a tu abuelo contándote como se siente con su enfermedad y otras veces estás intentando aprender de un mentor.

 

Al final, estamos ante un libro con una gran carga humanista, que puede resultar duro por aquello de afrontar una complicada enfermedad, pero que sin duda al igual que los dos anteriores aporta una visión, unos valores, destila humanidad, ejemplaridad, ganas de vivir, eso si con calidad de vida.

 

«Somos de la misma materia de los sueños

 y el sueño envuelve nuestra vida»[ii]

 

(…) hoy me doy cuenta de que, aunque ya me había jubilado, seguía pensando como un médico: que las enfermedades sólo les sobrevienen a los pacientes, no a los médicos (…)

 

Ya he alcanzado esa edad en la que empieza a desagradarte verte retratado. En las fotografías siempre parezco mucho mayor de cómo me siento, aunque cada año que pasa me resulta más difícil levantarme por las mañanas y me canso más rápido que antes. A mis pacientes les ocurría lo mismo: cuando yo les señalaba los signos del envejecimiento en sus escáneres, protestaban diciendo que todavía se sentían jóvenes. Aceptamos que con la edad llegan las arrugas, pero nos cuesta admitir que nuestro interior, nuestro cerebro, está sujeto a cambios similares (…)

 

(…) ¿Cómo puedo estar seguro de que soy la misma persona que ayer o que hace diez años?

(…) somos todos tan sugestionables que los médicos debemos elegir las palabras con mucho cuidado. Es muy fácil olvidar que los pacientes se aferran a cada palabra, a cada matiz de lo que decimos (…)

 

(…) prepararme para lo peor me permitía dejar de pensar en el problema y aguardar a ver qué pasaba (…)

 

Como médico, uno no puede hacer su trabajo si es totalmente empático, si siente literalmente lo mismo que su paciente. La empatía, al igual que el ejercicio exige mucha energía, y es normal y natural evitarla. Lo apropiado es poner límites a la compasión, pero sin dejar nunca de actuar con humanidad (…)

 

Un pecado mucho mayor que el distanciamiento es la autocomplacencia (…) los médicos autocomplacientes (…) se acostumbran a aceptar los malos resultados, dejan de intentar mejorar (…)

 

La manera más sencilla de poner límites a la empatía y a la compasión consiste en dividir a la raza humana en “nosotros y ellos”.

 

(…) los pacientes pocas veces se atreven a decirles a sus médicos lo que piensan de ellos y de su comportamiento, de ahí que los médicos nunca aprendamos a hablarles correctamente (…)

 

Todos los cirujanos atraviesan un periodo difícil al principio de sus carreras, cuando deben fingir ante sus pacientes que son más experimentados y competentes de lo que los son en realidad; pero quizás deberían haber dicho que los médicos en general, no bien llegan a serlo, se ven obligados a fingir. No hay nada que asuste más a un paciente que un medico asustado, y cuando eres un medico joven te alarmas con frecuencia, de modo que debe ocultarle tus sentimientos al paciente (…)

 

Al principio de su carrera, un cirujano tiene que exagerar su confianza en sí mismo, engañarse, para sentirse capaz de abrir el cuerpo de otro humano. Porque si no acepta los casos difíciles, ¿Cómo mejorara su técnica?  (…)

 

Los cirujanos hablan de las “noches sin dormir” como una especie de código para referirse al estrés de su trabajo, que a veces puede ser intenso (…) difícil conciliar el sueño la noche antes de una operación difícil (…)

 

(…) cuando me convertí en paciente, muchas veces me sentía demasiado impactado y confundido como para preguntar lo que me depararía el futuro.

 

Me gusta la anestesia general: no me infunde ninguna clase de temor y la considero milagrosa. Te apagas como una bombilla y te despiertas más tarde envuelto en una agradable bruma de sedantes.

 

(…) al igual que muchos cirujanos jubilados (…) a estas alturas me enorgullezco más de los éxitos de los cirujanos que he ayudado a formar que de todos los pacientes a los que he tratado a la largo de los años (…)  

 

«Los pacientes quieren certezas,

 pero los médicos sólo pueden trabajar con incertidumbres»[iii]

 

Al final, asuntos de vida o muerte

Henry Marsh

Salamandra


Link de interés

Ante todo no hagas daño

Confesiones

La insensatez de los necios. La lógica del engaño y el autoengaño en la vida humana

Diario del año de la peste

 Aprender a morir para poder vivir

• Tiempo de morir: Los últimos días de la vida de los monjes

Cómo acompañar a morir: Una guía práctica para doulas del final de la vida y cuidadores

La enfermedad del olvido: El mal del Alzheimer y la persona

 

«La esperanza es una de las medicinas más poderosas

 con que contamos los médicos»[iv]

 

ABRAZOTES


[i] Immanuel Kant,

Crítica a la razón práctica

[ii] William Shakespeare,

La tempestad

[iii] Henry Marsh

[iv] Henry Marsh

lunes, 28 de marzo de 2016

Ante todo no hagas daño

Estimad@s amig@s

Sinopsis
A punto de poner fin a una dilatada carrera plena de éxitos y reconocimiento, Henry Marsh —uno de los neurocirujanos más eminentes de Gran Bretaña— ha querido exponer a los ojos del mundo la esencia de una de las especialidades médicas más difíciles, delicadas y fascinantes que existen. El resultado es este volumen que ha cautivado y conmovido tanto a los críticos más exigentes como a todo tipo de lectores, y que poco tiempo después de su publicación se encaramó a las listas de más vendidos del Sunday Times y el New York Times. Escogido «Mejor Libro del Año» por el Financial Times y The Economist, obtuvo los premios PEN Ackerley y South Bank Sky Arts y fue finalista del Costa Book Award, el Guardian First Book Award y el Samuel Johnson de no ficción. A los mandos de un microscopio ultrapotente y un catéter de alta precisión, el doctor Marsh se abre camino por los intersticios del cerebro. Con frecuencia, de su pericia y de su pulso dependen que un paciente recupere la visión o acabe en una silla de ruedas. Hay días en los que salva vidas, pero también hay jornadas nefastas en las que un pequeño error o una cadena de infortunios lo hacen sentirse el ser más desdichado sobre la faz de la Tierra. Mucho más cercano a una confesión personal que a una autobiografía complaciente con el autor, este libro —cuyo título se inspira en el juramento hipocrático— supone un auténtico alarde de valentía y de honestidad intelectual, un relato vibrante y luminoso que logra remover nuestros sentimientos más profundos y ensanchar nuestro umbral de sabiduría y compasión.

“Ante no hagas daño…”
Hipócrates de Cos

Un neurocirujano, como un directivo dirige en equipo de trabajo, unos en un quirófano y otros en una empresa. Hay muchas similitudes y podemos aprender mucho del trabajo de estos y como son capaces en momentos de máximo estrés, de conservar la calma, superar la adversidad y sacar-eliminar el problema que traía paciente-cliente.

No hacer daño es una de las consignas que tienen los médicos, que los directivos también deberíamos de tenerla presente en nuestras decisiones, por pequeñas-baladíes que puedan parecernos.

Nos pagan para tomar decisiones, hasta ahí estamos todos de acuerdo. Pero como las tomamos, como las vendemos al equipo, como las trasmitimos a los clientes… es ahí donde debemos de extremar las precauciones y hacerlo de manera empática, teniendo en cuenta a los receptores del mensaje, ¿cómo lo van a encajar?, ¿cómo lo van a asumir?, ¿cómo lo van a interiorizar?

“Un cirujano debe tener nervios de acero, el corazón de un león y las manos de una mujer.”

… Empezar puntual, con todo donde debe estar, los paños quirúrgicos colocados de la manera exacta y el instrumental pulcramente dispuesto, es un método fundamental para calmar el pánico escénico quirúrgico.

No me gusta nada hablar con los pacientes la mañana de la operación. Prefiero no acordarme de que son humanos y tienen miedo, y no quiero que puedan llegar a sospechar que yo también me siento intranquilo.

… a menudo llevamos a cabo la intervención porque resulta más fácil que ser honestos y significa que podemos ahorrarnos una conversación incomoda y dolorosa.

… estoy más dispuesto a aceptar que dejar morir a alguien puede ser una opción mejor que operarlo cuando solo hay una posibilidad muy pequeña de que esa persona pueda volver a valerse por sí misma.

La vida sin esperanza es tremendamente difícil, pero con cuanta facilidad consigue la esperanza, en definitiva, volvernos necios a todos.

Los cirujanos siempre deben decir la verdad, pero rara vez, o nunca, negarle toda esperanza al paciente.

… cuesta muchísimo decirle a tu paciente que no hay nada más que hacer, que no queda esperanza, que ha llegado la hora de enfrentarse a la muerte con dignidad…

… cada día tomo montañas de decisiones que, si resultan equivocadas, pueden tener consecuencias terribles. Mis pacientes necesitan desesperadamente creer en mí, y yo también necesito creer en mí mismo.

“… A menudo me veo obligado a hacer llorar a gente que se sienta frente a mí...”
Henry Marsh



“Para llegar al corazón, ¿Qué importa el camino?”
Henry Marsh

Recibid un cordial saludo